Recuerdo su carita la primera vez que la vi. Ojitos negros, chiquitos, brillantes. Me miraba curiosa supongo que estaba tratando de saber que hacia yo ahí. Movía la cabeza inquieta y el cuerpo la seguía obediente. Caminaba pegada a nosotras, sabia que íbamos al Parque. Yo también estaba nerviosa, casi no las conocía y ellas representaban un enigma aun mas grande que el Parque Avellaneda. Peki conocía la rutina y apenas pisamos el pasto recien cortado del Parque se desesperó por librase del collar que la sostenía. Cazadora de pura sepa salió disparada tras las palomas. Manchitas marrones y negras pelo color tiza. Peki mediaba entre ella y yo. El Parque me atrapo apenas lo pise y ella también. De a poco fui aprendiendo la magia del lugar. Supe de los amigos, de los otros perros, de olor del pasto mojado y el verde oliva, intenso de los días nublados. Mas tarde llego la felicidad de la lluvia. Y a la par de que el Parque me iba revelando sus secretos la conocía a ella. Supe de sus miradas y de sus movimientos. De su voz y sus manos. Como el Parque ella era verde, intensa, fresca y suave.
Ahora como el Parque todo queda a millones de kilómetros de distancia, en el recuerdo de la felicidad de un verano prolongado. Y el tiempo con su tiranía impone que aquello que comienza siempre tenga un final.
1 comentario:
Me gusta venir a tu rincón... No es obsesión ni nada que se le parezca, es que me siento cómoda donde se respira la melancolía... Vuelvo siempre a los lugares que me remiten a mí misma, vaya tonta tristemente ególatra...
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