jueves, enero 29, 2009

De principios y finales

Recuerdo su carita la primera vez que la vi. Ojitos negros, chiquitos, brillantes. Me miraba curiosa supongo que estaba tratando de saber que hacia yo ahí. Movía la cabeza inquieta y el cuerpo la seguía obediente. Caminaba pegada a nosotras, sabia que íbamos al Parque. Yo también estaba nerviosa, casi no las conocía y ellas representaban un enigma aun mas grande que el Parque Avellaneda. Peki conocía la rutina y apenas pisamos el pasto recien cortado del Parque se desesperó por librase del collar que la sostenía. Cazadora de pura sepa salió disparada tras las palomas. Manchitas marrones y negras pelo color tiza. Peki mediaba entre ella y yo. El Parque me atrapo apenas lo pise y ella también. De a poco fui aprendiendo la magia del lugar. Supe de los amigos, de los otros perros, de olor del pasto mojado y el verde oliva, intenso de los días nublados. Mas tarde llego la felicidad de la lluvia. Y a la par de que el Parque me iba revelando sus secretos la conocía a ella. Supe de sus miradas y de sus movimientos. De su voz y sus manos. Como el Parque ella era verde, intensa, fresca y suave.
Ahora como el Parque todo queda a millones de kilómetros de distancia, en el recuerdo de la felicidad de un verano prolongado. Y el tiempo con su tiranía impone que aquello que comienza siempre tenga un final.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Me gusta venir a tu rincón... No es obsesión ni nada que se le parezca, es que me siento cómoda donde se respira la melancolía... Vuelvo siempre a los lugares que me remiten a mí misma, vaya tonta tristemente ególatra...